Con la calle vacía, camino sin rumbo fijo, ensimismado y meditabundo. Observo el sol ponerse mientras el cielo se torna rosado y luego escarlata. Nunca había puesto tanta atención a un atardecer. Siento como si fuese la metáfora de mi vida: un sol fulgurante que está en su declive, en su momento de apagarse. Y que se disfraza de toda la gloria que le es posible, antes de desaparecer casi imperceptiblemente, hasta no dejar más rastro de él que el recuerdo. Los árboles se transforman en tétricas sombras, y el alumbrado de la calle no hace sino resaltar este hecho. La depresión hace presa de mí.
Sin hacer caso de nada, mirando sin ver y oyendo sin escuchar. Sigo caminando, seguramente dando vueltas en círculo. La cuidad continúa sin dormir, sin importar que el sol se haya apagado. De momento me sorprende la adaptabilidad huamana, para luego abandonar esos pensamientos. Nada hace que salga de mis negras ideas.
Otro círculo en la manzana. He de llevar como 10 vueltas en la misma calle. Siento las miradas de la gente que lo ha notado. Se ponen nerviosos, como haría yo si veo a un desconocido rondar constantemente mi casa sin propósito aparente. Pero tampoco me importa, sigo mi camino.
Siento dentro de mí entonces una explosión. Intempestivamente, sin aviso, algo dentro de mí me llama a la vida. Pero no sólo a respirar. También me llama a oler las flores. No para ver, sino para perderme en la inmensidad de los paisajes -urbanos o no- y en la magnificencia de la belleza de la vida. En lo bello de las mujeres y lo sencillo de las aves. Para perderme en el sabor de la piel de la mujer amada, así como en su aroma. Para sentir su piel, así como para poder abrazar a las personas que me rodean y me quieren. Pero sobre todo, me llama a pensar, a crear, a ser útil aunque mi obra se pierda en el infinito olvido y aunque sea ahogada por la diversidad de la creación humana. Entonces, aunque tenga sólo un lector, cualquier esfuerzo habrá valido la pena.
Por una mujer. Por ella y nada más. Por la que está a mi lado sin estarlo. Por quien este esfuerzo será válido y no vano. Entonces, con la luz artificial, contemplando el maravilloso e imperfecto paisaje urbano, escuchando el barullo nocturno de la cuidad, emprendo el camino decidido a casa, repleto de ganas de crear. Y el cuaderno de mis manuscritos se abre, en la última página de mi último relato, decidido a hacerle crecer, espero que como he de crecer también yo...
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