domingo, junio 11, 2006

Por una mujer (ficción)

Con la calle vacía, camino sin rumbo fijo, ensimismado y meditabundo. Observo el sol ponerse mientras el cielo se torna rosado y luego escarlata. Nunca había puesto tanta atención a un atardecer. Siento como si fuese la metáfora de mi vida: un sol fulgurante que está en su declive, en su momento de apagarse. Y que se disfraza de toda la gloria que le es posible, antes de desaparecer casi imperceptiblemente, hasta no dejar más rastro de él que el recuerdo. Los árboles se transforman en tétricas sombras, y el alumbrado de la calle no hace sino resaltar este hecho. La depresión hace presa de mí.
Sin hacer caso de nada, mirando sin ver y oyendo sin escuchar. Sigo caminando, seguramente dando vueltas en círculo. La cuidad continúa sin dormir, sin importar que el sol se haya apagado. De momento me sorprende la adaptabilidad huamana, para luego abandonar esos pensamientos. Nada hace que salga de mis negras ideas.
Otro círculo en la manzana. He de llevar como 10 vueltas en la misma calle. Siento las miradas de la gente que lo ha notado. Se ponen nerviosos, como haría yo si veo a un desconocido rondar constantemente mi casa sin propósito aparente. Pero tampoco me importa, sigo mi camino.
Siento dentro de mí entonces una explosión. Intempestivamente, sin aviso, algo dentro de mí me llama a la vida. Pero no sólo a respirar. También me llama a oler las flores. No para ver, sino para perderme en la inmensidad de los paisajes -urbanos o no- y en la magnificencia de la belleza de la vida. En lo bello de las mujeres y lo sencillo de las aves. Para perderme en el sabor de la piel de la mujer amada, así como en su aroma. Para sentir su piel, así como para poder abrazar a las personas que me rodean y me quieren. Pero sobre todo, me llama a pensar, a crear, a ser útil aunque mi obra se pierda en el infinito olvido y aunque sea ahogada por la diversidad de la creación humana. Entonces, aunque tenga sólo un lector, cualquier esfuerzo habrá valido la pena.
Por una mujer. Por ella y nada más. Por la que está a mi lado sin estarlo. Por quien este esfuerzo será válido y no vano. Entonces, con la luz artificial, contemplando el maravilloso e imperfecto paisaje urbano, escuchando el barullo nocturno de la cuidad, emprendo el camino decidido a casa, repleto de ganas de crear. Y el cuaderno de mis manuscritos se abre, en la última página de mi último relato, decidido a hacerle crecer, espero que como he de crecer también yo...

sábado, junio 10, 2006

Cabeza llena, cabeza hueca (ficción)

Estoy de pié en el centro de un parque. La lluvia cae inclemente, donde trato de borrar lo que ha sido mi pasado y lo que se perfila como un permanente presente. No tengo nada, ni empleo, ni esposa, ni hijos, ni casa. La obra perfecta de mi vida está centrada en un vacío. El plan de vida tan meticulosamente estructurado se me escapó de las manos y no supe ni cuándo. La retrospectiva actual tampoco ofrece ninguna respuesta o solución. De entre la inutilidad de mi vana existencia, sólo se me ocurre una cosa: terminarla.
Hago un recuento de mis conocimientos para ver si aún se puede rescatar algo. Los recuerdos aglutinados se convierten en una enciclopedia un tanto desordenada de cultura popular: música, cine, libros, cómics y millones de datos que para fines prácticos, no sirven para maldita la cosa. La idea de terminar con mi vida se perfila cada vez más viable. Incluso mi vida social es un desastre. Veo que mi cabeza está llena de muchas cosas, pero hueca en lo importante: aquéllo que es bueno para forjar una vida y un futuro real. Y en cada nivel de mi pensamiento, veo cómo el tiempo ha transcurrido inclemente sin que sepa yo el derrotero que seguirá mi vida aún. Definitivamente cortaré mi existencia, porque no hay lugar en el mundo para que yo pueda seguir en él...
Si de algo sirven las películas, serán para lograr una creativa manera de morir. Mario Puzo en "El último Don" describe una manera excelente de morir sin dolor y con el cerebro trabajando al máximo: inhalando una sobredosis de óxido nitroso. Sin dolor, sin miedo.. y sin el medio para hacerlo, porque sería necesario tener acceso a este gas, mismo que por supuesto, no tengo.
Morir desangrado sería algo tan típico, que en muchas películas y series de telvisión han hallado cualquier cantidad de formas de lograrlo, pero resultaría asqueroso, burdo... no es una opción. Para darme un clásico tiro, debería tener un arma, pero sólo tengo las de los juegos de video, tan dañinas como una oruga enojada. ¿Asfixiado? No. Aparte de que es necesario sobreponerse al instinto, no hay mejor manera de morir asfixiado que colgado. Muy técnico, aparte de que si pudiera ser en un incendio, pero es demasiado dañino para mucha gente más, y antes de morir asfixiado podría quemarme...
¿Tirarme de un sitio alto?. No, el resultado puede ser incierto. Podría incluso mi cuerpo tener la resistencia necesaria como para sólo quedar inválido o en estado vegetativo, lo cuál sería idéntico a mi vida actual...
Las vías del metro son baratas, y ofrecen una garantía extra de morir entre electrocutado y arrollado por toneladas de metal y gente, pero igual sería clásico y burdo. ¿Qué, no existe una manera elegante de morir? ¿Es que hasta la muerte cuesta?. Al pensar esto, se me ocurre encender un cigarrillo. Esta muerte sería demasiado paulatina, lenta y dolorosa. No puedo esperar tanto.
Pienso en la familia que me rodea, sus caras al momento de enterarse. El mal que causaría saber que perdieron la oportunidad de seguir con un inútil a sus espaldas, porque eso y no otra cosa he resultado ser. Daño tendrían seguro. Eso es algo que tampoco me puedo permitir.
Fumo como loco, cigarrillo tras cigarillo. Las opciones no son alentadoras ni siquiera para morir. Todo implica planeación, perfección en la ejecución, discreción, privacidad... pero sobre todo, un gasto. Un último gasto por mi parte. Este es un lujo que no puedo darme. Resulta curioso que no tenga dinero para terminar con mi vida.
También pienso en mis valores. Siempre pensé que un suicida es un cobarde que no puede afrontar la vida. Pero ahora, sin justificación, los entiendo. Y es que cuando tu desesperación hace inviable tu vida, comienzas a considerar la alterntiva de la muerte, que parece más piadosa porque no sabes cómo deberás luchar después de ella.
Se apacigua la lluvia. Tímidamente, asoma el sol, como si quisiera sólo enmarcar mi desdicha y soledad. Si es esto, deben ser inmensas, porque termina saliendo por completo, iluminanado cada milímetro expuesto a mi vista. Sigo considerando opciones, mismas que descarto casi de inmediato. Mi depresión no ha hecho sin aumentar con el resplandor solar. Y entonces me decido...
¡Lástima!. Viviré. Viviré para ver cómo me consumo, cómo desperdicio recursos, tiempo y amor ajenos. Viviré para morir lentamente, y morir de viejo o enfermo en una buhardilla, sin nada que mencione todo lo que hice por tratar de evitarlo. Seré el expediente más fresco de la policía, la página 1 o 2 de un diario sensacionalista, con el número de registro XXXXXXXXXX y evasor aparente de impuestos. No puedo ser un evasor completo, porque para eso necesitas ganar dinero. Eso es algo que no hago ya...
¡Otra vez lástima!. Porque de cualquier manera, no hallaré ni el valor o la cobardía. Ni la fortaleza o la determinación. Mi voluntad es débil, así que me doy la media vuelta. Camino lenta pero decididamente a esconderme en los túneles del tren subterráneo y llegar a casa. Tengo mucho qué contarle a las paredes, así que debo apresurarme si quiero mantenerlas despiertas mientras sueño...